420 trampas
Sólo el 0,7% de los 4.137.500 parados que hay en España ha solicitado la prestación de 420 euros aprobada por el Gobierno el pasado agosto. Más de un millón de ellos no tienen derecho a ninguna prestación oficial, y tan sólo 28.000 han solicitado esta prestación. El presidente del Gobierno apuntó ya en su intervención ante el Comité Ejecutivo del PSOE a la economía sumergida.
Según estimaciones de algunos organismos, la economía sumergida supone en España el 20% del total, el mismo porcentaje que la población parada. Al final resulta que no es tanto el problema del paro, si no más el de la organización del sistema económico y laboral español. Hemos tenido un sistema económico que perdía consistencia por todas partes, y la sigue perdiendo, sólo que ahora, la crisis nos ha hecho abrir los ojos.
Sólo el mercado del sexo, el de la prostitución, podría ser buena parte de ese 20%; a lo que hay que unir un importante porcentaje del mundo de las drogas, los trabajadores que no están dados de alta en la Seguridad Social, … España tiene un problema: nunca ha tenido un sistema económico y laboral consistente. Es la hora de construirlo, o de volver a basar el crecimiento en otra burbuja. Dejar de lado el absurdo intento de acabar con la prostitución y regularizar su funcionamiento proporcionando un marco legal que garantice derechos y deberes laborales a sus trabajadores y trabajadoras, es una buena forma de comenzar.
Prostitutas que se encuentran al paro mientras cobran del sexo hay a cientos de miles, engrosando los datos macroeconómicos y dibujando un escaparate económico que hasta ahora hemos leído mal. Y podemos seguir contando las personas que viven del mercado negro de las drogas. Y aquellas y las de más allá. Al final la polémica de los 420 euros se ha quedado en nada, porque las cifras han demostrado que ni siquiera hacía tanta falta. Grave problema el de este país si el Gobierno no sabe ni lo que tiene entre manos, y se empecina en seguir gobernando al margen de problemas sociales, y también económicos, como la trata de seres humanos en el negocio del sexo, producto de una desregulación más propia del neoliberalismo que del supuesto nuevo sistema que presuntamente ahora hemos supuestamente fundado.