“Ningún equipo de fútbol tendrá carácter oficial”
Hay quienes piden un Estado neutral… defendiendo la superioridad y la representación alegórica de una confesión privada en paredes levantadas con dinero público para un fin público. Les suele molestar que lo público entre en lo privado, afean el intervencionismo… no en este caso.
Hay calumnistas (sic) de medios “liberales” capaces de hacer la vista gorda ante evidentes violaciones de la libertad de conciencia o incluso de argumentarlas al contraataque, casi siempre mediante la calumnia -lo llevan en el nombre- y mediante el victimismo más ridículo. “Histéricos laicistas” y “fundamentalistas” llaman a quienes defienden el principio democrático de una rigurosa separación entre la Iglesia y el Estado.
Hay liberales -de esos a los que les duele en el alma los impuestos- a los que no les importa que el Estado financie una moral determinada.
Hay quienes son muy escrupulosos con la (su) libertad religiosa y con el derecho de educar a sus hijos en base a unas convicciones (las suyas)… pero son también a quienes no les importa que se “viole la libertad de religión de los alumnos con la imposición de un símbolo religioso en las aulas de los centros públicos”.
Las comillas no son de ningún jacobino zapateril, ni de ningún “laicista histérico” como el que les habla, no, son de la Corte Europea de los Derechos Humanos. Tribunal que en una sentencia histórica se refiere a la presencia de crucifijos en las escuelas como violadores de la libertad religiosa de los alumnos, conculcadores de derechos básicos y obstáculos a la pluralidad.
Las libertades de los alumnos musulmanes, de los ateos, los agnósticos o la de los judíos parecen ser menos merecedoras de respeto y observancia que la de los católicos. Parece mentira, asusta que subsistan tantos años después de su oficial extinción estos virulentos tics nacional-católicos.
Que no existan símbolos religiosos en un centro público, en los juramentos de un cargo electo por el pueblo español, son cuestiones de sentido común. Que ni un duro público se destine al sostenimiento de opciones morales privadas y que no sea en centros total o parcialmente públicos donde se lleve a cabo la labor que corresponde a un catequista o a un progenitor, también parecen ser ideas bastante razonables. Ideas de “laicista histérico”, ya saben. Las ideas que, por ejemplo, defiende en Francia el partido de centro-derecha de Sarkozy, que también es -según tengo oído- un quemaconventos de primera.
Por volver al tema de los símbolos y viendo de reojo el Madrid-Atléti: ¿Qué pensarían ustedes si nuestras aulas estuvieran presididas por un escudo madridista? ¿qué creen ustedes que pensarían los atléticos, los barcelonistas o los aficionados al ajedrez? ¿cree usted que el Estado debería pagar el abono a todos aquellos ciudadanos que sientan fervor por sus colores deportivos? ¿acaso no se justificaría esta medida por la sencilla razón de que hay más gente en los estadios que en las iglesias un domingo cualquiera?
En definitiva, que cada cual lleve su escudo en la camiseta, pero que no espere verlo colgando de un colegio, que cada cual se pague su abono anual si es que quiere disfrutar del partido en el estadio o que lo vea desde su casa. Juguemos limpio, jueguen sin demagogia, sin llamar “fundamentalista” a quienes solo decimos que cada uno en su casa y dios en la de todos los que le dejen entrar. Jueguen sin patadas en la espinilla, señores prelados y adláteres mediáticos, que ya nos han colado demasiados goles… y no pocos en fuera de juego.
Es necesaria una remontada para que por fin gane la laicidad.