El día en que la memoria se revuelve

La memoria posee un carácter subjetivo incuestionable. La capacidad del ser humano para recordar algo a voluntad difiere por completo de aquella que pueda poseer una computadora o un lápiz de memoria. Recordamos en base a nuestra propia experiencia, circunstancias y necesidades, que pueden ser parecidas pero nunca idénticas de una persona a otra. La Ley de Memoria Histórica aprobada es, desde mi punto de vista, una de las normas mejor bautizadas. No pretende establecer un supuesto equilibrio entre las partes a las que afecta. Cuando alguien pregunta o, directamente, afirma que esa ley no tiene otro fin que “remover” el pasado, tiendo a darles la razón: por supuesto que pretende remover el pasado, más bien, de excavar en el mismo para desenterrar un hecho objetivo: más de la mitad de los españoles fueron enterrados tras la Guerra Civil en parajes inhóspitos o en las cunetas de carreteras perdidas; ni una esquela, ni una lápida, ni un registro, ni un nombre, ni una fecha. Por el mero hecho de pertenecer a un bando que luchó por el mantenimiento de la legalidad vigente, por un sistema de gobierno que la población española se había dado en las urnas.

Ayer, doce de octubre, se celebraba el consabido día de la Fiesta Nacional. El desfile de las Fuerzas Armadas, un evento fundamental, abarca prácticamente la totalidad del protagonismo en los festejos. Un público multitudinario se agolpa para ver pasar a las unidades más emblemáticas del Ejército español y de la Guardia Civil realizándose, además, un homenaje a los soldados muertos en misiones de paz o de combate, según se mire. Sin embargo, este acontecimiento que pretende ser festivo, se ha visto empañado por los abucheos, gritos e insultos que un grupo nutrido de personas dedican al Presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. Esta situación, que venía produciéndose desde el año 2004, se mostró ayer con más virulencia.

Dos datos hacen pensar que no se trata de un grupo aislado, como tampoco que la mayor sonoridad de los berridos se deba a la presunta culpabilidad del Gobierno por la crisis. En primer lugar, esto se venía produciendo desde 2004, cuando hacía tan sólo siete meses que un Gobierno socialista llegaba al poder en España después de ocho años. Por aquel entonces, las turbas ya pedían la dimisión de un presidente electo que no había tenido tiempo de cometer errores. En segundo lugar, la distribución de las personas por lugares clave del recorrido, el escaso tiempo en el que tomaron posiciones y el trasiego de móviles hacen pensar que fue algo pactado, planeado y ejecutado de forma organizada.  Poco después de las diez de la mañana, De la Vega hacía su aparición en la Plaza de Lima y recibía los primeros abucheos. Eran sólo los prolegómenos de lo que poco después se cerniría sobre Zapatero. Los gritos resonaron por la Plaza de Lima; procedían de la zona más próxima a la tribuna de autoridades y fueron extendiéndose como el eco por el Paseo de la Castellana. Los insistentes bramidos se prolongaron en el saludo de Rodríguez Zapatero a los reyes.

Como afirmaba algún periodista, el bochornoso espectáculo no pudo estar motivado más que por derechistas, pues de todas y todos es sabido que las formaciones políticas de izquierda y los sindicatos no suelen acudir al desfile. Quien alguna vez se haya preguntado el porqué de esto, obtendrá su respuesta en los incidentes de ayer y en las imágenes captadas por televisión. Muchas y muchos de nosotros pudimos ver a un joven corpulento de estética skin, llorando a moco tendido, porque “es el día de mi patria”. Y raro es el año en que no vemos a personajes de bigote anguloso luciendo la boina de requeté o de los carlistas. El año pasado, en concreto, un pequeño grupo de hombres maduros ataviados de esta guisa despedía a las cámaras de La Sexta al grito de ”rojos no”. Y es que, pese a quien pese, éste sigue siendo, de hecho, el Día de la Hispanidad y el Desfile de la Victoria. Tengan más o menos interés en el sarao, es de todo punto intolerable que una mayoría de españoles sienta esta fiesta totalmente ajena y se vea intimidada por acudir al desfile.

Y todo ello porque un grupo de tipos orgullosos de considerarse los sucesores del general golpista Franco, vuelven a decidir quién es español y quién no y en qué ha de consistir tal sentimiento. Para corroborar esto, tomen como ejemplo los abucheos. No se trataba de un acto organizado por un gobierno del PSOE, en cuyo caso semejante muestra de falta de respeto podría tener, incluso, cierta aunque exigua justificación. Se trataba de un acto de Estado y para entender qué es y cómo se convive en una democracia, es preciso discernir previamente que una cosa es el Estado, que somos todas y todos, nos guste más o menos, y otra cosa es el Gobierno, que puede tener un color u otro según lo que se haya elegido en las urnas. Semejante desaire constituye un agravio contra la Presidencia del Gobierno como institución, es decir, más allá de la persona que ocupe el cargo y, por derivación, contra la Corona y aquellos que se dejaron la vida fuera de nuestras fronteras. Patriotismo -o, más bien, “patrioterismo”- interesado el de algunos.

 La situación ha alcanzado un cariz que ha incomodado a los propios reyes. A ver si esto hace reflexionar a los poderes públicos sobre la necesidad de identificar a los boicoteadores y tomar las medidas que correspondan o, incluso, cambiar el sentido de esta festividad y su programación, de tal manera que se exalte, por ejemplo, el valor, la entidad y la extensión de la literatura y el arte español por el mundo y se tenga en cuenta la masacre indiscriminada de indígenas americanos en lugar de que todo el festejo de semejante efeméride se circunscriba a una exaltación excluyente y a una apología del militarismo y del poder armamentístico. Porque el doce de octubre también es cuestión de memoria.