Cuando las cifras definen un concepto

El diario Público aparecía ayer con la violencia de género como portada. En las cinco primeras páginas, se incluía un reportaje junto a la última noticia. En la madrugada del domingo dos mujeres eran encontradas muertas, presuntamente asesinadas por sus ex-parejas. Con éstas dos muertes ya se elevan a 45 el número de mujeres muertas a manos de sus parejas o ex-parejas en lo que va de año, según los últimos datos facilitados por el Ministerio de Igualdad. Con marcado acierto a mi entender, el periódico mencionado elabora un patrón a partir de quince sentencias dictadas a raíz de otros tantos asesinatos. Público, es necesario decirlo -aunque por ello puedan acusarme a mí o al diario para el que escribo de posicionamiento clientelista- se ha caracterizado hasta ahora por demostrar que la prensa seria y veraz no está reñida con el compromiso social, y hasta ahora ha sido un ejemplo, sin duda, del tratamiento adecuado que un medio de comunicación habría de dispensar a un tema de esta envergadura. Todo ello, junto a la aspiración de ser uno de los principales diarios generalistas que no se lucra mediante los anuncios de prostitución.

A través del seguimiento de diversos casos y sentencias, se pueden rastrear patrones idénticos en la situación vivida por la víctimas en relación con sus agresores, así como en el comportamiento desarrollado al iniciarse los trámites de denuncia -si la hubiera- separación y, finalmente, la agresión que acaba con la vida de la mujer. En los quince casos expuestos por Público, se hace constar en la sentencia que la mujer rara vez había presentado denuncia contra su pareja por malos tratos, como también es recurrente la afirmación de que una o más personas del entorno de la víctima tenían conocimiento de las agresiones, las cuales tienden a producirse cuando la mujer decide acabar con el suplicio de su relación. Lo más impactante es que después de la ruptura, en la inmensa mayoría de los casos, las víctimas tuvieron algún tipo de contacto con su agresor, bien por propia voluntad, por chantaje del segundo o por un régimen de visitas draconiano en caso de que hubiera descendencia de por medio, cosa que no menciona el reportaje y que, por cierto, se tiende a olvidar a menudo, incluso por quienes se encargan jurídicamente del asunto.

Luego tenemos a los agresores. Una buena parte de los casos examinados hablan de tipos huraños, posesivos, controladores y violentos, aunque sea en principio verbalmente, ya desde el mismo comienzo de la relación. Por lo que se deja ver a través de los testimonios, tienden a pensar que la ruptura nunca es definitiva y que ella vendrá tarde o temprano a reconciliarse con ellos. Para esto, ponen en marcha todas las triquiñuelas de manipulación psicológica que están a su alcance y, si no lo consiguen, recurren a la violencia. Una violencia inusitadamente desquiciada que, a menudo, tiende al ensañamiento con la víctima pero que se caracteriza por una frialdad suficiente para no dejar lugar a dudas: hay intención de matar, de evitar que ella escape y haga su vida repitiendo a menudo, según recogen sentencias y testimonios, la coletilla que lleva consigo una sentencia explícita de muerte: “si no eres mía, no serás para nadie”.

“Para”, “mía”. Palabras simples e inofensivas si se toman aisladamente pero que encierran un problema enquistado en todos los modelos de sociedad conocidos hasta entonces y existentes en el mundo: la concepción de la mujer como una cosa, un objeto y, por derivación, como una propiedad. Podemos seguir haciendo oídos sordos, podemos seguir diciendo que eso no va con nosotros o que es, mayoritariamente, un problema de culturas diferentes a la occidental con un poso patriarcal más fuerte. Sin embargo, los casos-tipo de sentencias recogidas en Público, muestran cómo todos los agresores son españoles y, las víctimas, a veces, en este caso sí, mujeres inmigrantes que recalaron en España sin papeles. En un patriarcado tan “dulcificado” -como tantos piensan -o, incluso, niegan- como el que se da en las sociedades europeas occidentales, hay mujeres que son marcadas para el resto de su existencia con el trauma de la violación, que es, al fin y al cabo, en sí misma, una muerte en vida o del asesinato por el mero hecho de ser mujeres y ser concebidas como una propiedad por parte de algunos que inician una relación con ellas.

La consideración de la mujer como objeto en el mundo del marketing -para que luego pongamos los ojos en blanco o digamos lo exageradas que son algunas componentes de los colectivos de mujeres y feministas- así como la permisividad que existe en la mentalidad colectiva a que todo se pueda vender, incluído el cuerpo de una persona y sobre todo el de una mujer, pueden estar teniendo una influencia paulatina pero directa en ciertos patrones de comportamiento. Un ministerio de reciente creación como el de Igualdad puede y tiene mucho que decir y cobra un significado pleno cuando se dedica a coordinar los esfuerzos de los poderes públicos para combatir una lacra que deja al año más muertes en nuestro país que el terrorismo de cualquier otro signo y un número de fallecidas si no superior, sí muy parejo al que puedan ocasionar los accidentes laborales. Una institución como el Ministerio de Igualdad cobra pleno significado en época de crisis económica, precisamente porque es en etapas tan difíciles cuando las desigualdades se hacen más patentes que nunca. Esperemos que los datos hablen por sí solos de tal manera que se incremente ese 2% de españoles que considera la violencia de género como uno de nuestros principales problemas. Este cambio debería iniciarse, desde luego, por parte de los hombres.

No puedo evitar quedar estupefacto cuando de forma más explícita o más solapada se habla de esta lacra como un “problema de mujeres”. Creo que es más bien al revés y, por ello, mientras ponemos los cimientos para una educación en igualdad y la transmisión de modelos de masculinidad, de ser hombre alejados de la violencia y basados en la asertividad, debemos sumarnos a iniciativas como las ”ruedas de hombres”, concentraciones convocadas para expresar, de forma inequívoca y específica, la repulsa a la violencia machista por parte de los hombres y que tendrán lugar el 21 de octubre en las plazas mayores de ciudades como Valencia, Málaga, Murcia y Barcelona y, por supuesto, a aquellas previstas para el 25 de noviembre.