Neoliberalismo y extrema derecha

Una de las conclusiones más repetidas respecto a las elecciones europeas es el ascenso de los partidos encuadrados en la extrema derecha. Si hace algunos años Polonia hacía saltar todas las alarmas, el ascenso de Frente Nacional en Francia ha sido muy acusado y, en los comicios de junio, el Partido de la Libertad dirigido por Geert Wilders ha sorprendido a propios y extraños al convertirse en la tercera fuerza política holandesa y la segunda en representación en el Parlamento Europeo; esto sin contar al partido húngaro Jobbik, con sus escuadras de paramilitares uniformados que actúan al margen de la ley y que ha logrado enviar tres diputados a la Eurocámara. Este fenómeno se produce en una Europa regida por un modelo económico globalizador y ultraliberal donde predominan los intereses de la gran empresa multinacional, la anatemización del pago de impuestos y la precariedad laboral. José Luis Rodríguez Jiménez, en su libro La extrema derecha europea, considera que atribuir el ascenso de los partidos de marcado nacionalismo integrista a criterios exclusivamente económicos es un análisis sesgado: estos partidos, muchos de ellos de nuevo cuño, han crecido en el seno de sociedades opulentas y con elevada capacidad adquisitiva y de consumo, ganando especialmente el voto de un sector amplio de las clases medias. Ni la crisis del petróleo a principios de la década de los setenta del siglo pasado ni la acaecida entre 1979 y 1982, que generaron cifras alarmantes de paro supusieron un incremento de apoyo a este tipo de organizaciones.

Un cambio radical con respecto al pasado más reciente es que los partidos de discurso xenófobo y “antisistema” han adquirido una legitimidad de la que nunca antes habían disfrutado, al incrementar ostensiblemente el número de votos y su presencia en las instituciones derivada, en algunos casos, de las formación de coaliciones con partidos conservadores y liberales que, incluso, pueden ocupar cargos de gobierno. Rodríguez Jiménez recuerda que el ascenso y consolidación de lo que él denomina “extremismos” se produce en una Europa gobernada mayoritariamente por el centro-derecha y en un declive lamentable de la izquierda. El historiador y periodista señala que el hecho de que los socialdemócratas hayan mantenido siglas propias de partidos de izquierda pero que esta denominación se traduzca rara vez en los programas electorales, ha producido una fuga de votos, hastiado el electorado de que, en nombre de posturas de izquierda posibilista por las que los socialdemócratas sólo pueden limitarse a seguir las tendencias de dominio del mercado, se haya renunciado a hincar el diente a las grandes cuestiones como la regulación de los mercados o la necesidad de que el Estado sepa anteponer los intereses de los ciudadanos a aquellos que rigen las entidades supraestatales. Junto a esto, tenemos una clase media desilusionada, que siente que las políticas de bienestar no son todo lo amplias que se podría esperar del volumen de impuestos que pagan, opinando, además -y más de una vez no sin razón- que una buena parte de ese Estado de Bienestar es costeado de sus bolsillos y no de los de las clases más pudientes.

Terminada la Segunda Guerra Mundial, comunismo y liberalismo se disputan el protagonismo en la escena política, siendo borrado de la misma el fascismo en todas sus variedades y tendencias. No obstante, personas de cierta edad, sociabilizadas plenamente en dictaduras de cuño fascista, a quienes los efectos de la “desnazificación” apenas rozaron, comenzaron a reagruparse. El anticomunismo de estas personas y organizaciones comenzó a interesar al liberalismo económico, cuyos gobiernos, en algunos países, vieron en estas personas los peones adecuados para acometer las tareas más sucias que los gobiernos capitalistas no podían asumir por mandato legal, alcanzando así los extremistas ciertos puestos en el ámbito militar, de los servicios de inteligencia o de las fuerzas de seguridad del Estado. Hacia la década de los ochenta, surge una nueva extrema derecha que adopta en materia económica buena parte del discurso ultraliberal como la crítica encarnizada al Estado de Bienestar o al pago de impuestos. Se trataría de un integrismo nacionalista que ya no reivindica asiduamente el fascismo de entreguerras, el antisemitismo o la supresión de las libertades individuales como un imperativo en favor de los intereses nacionales. Coincidiendo con el hundimiento del comunismo, el antisemitismo se torna en islamofobia; esta nueva tendencia, ya iniciada en los ochenta, condenará el fascismo y el nazismo en la mayoría de los casos y, al menos sobre el papel, se comprometerá a mantener las instituciones democráticas. Aunque partidos como el Frente Nacional de Le Pen o la formación del ya fallecido Jörg Haider no siguen este patrón de ruptura con el pasado, no deja de ser cierto que toman prestadas algunas de las propiedades mencionadas. En mi opinión, la rentabilidad política de esta nueva pose estribaría en la propia cultura creada por el neoliberalismo: individualismo feroz y exacerbado e imperativo absoluto de los intereses individuales sobre los colectivos. De este modo, cualquier partido que logre convencer a una mayoría autóctona de que su actual nivel de vida, poder adquisitivo y comodidades pueden verse afectados por la presencia de inmigrantes, hará que todas las alarmas del individualismo salten, entregando el voto, paradójicamente, a formaciones nada sospechosas de defender el individualismo sino más bien lo contrario.

Sin embargo, los mensajes de rechazo y condena a todo gesto de solidaridad o cooperación por parte de los extremistas, serían los que, en última instancia, terminarían por calar en el electorado. La “nueva” extrema derecha, por tanto, no presentaría un proyecto basado en el Estado como único regulador de la vida económica, social y moral de la ciudadanía sino que aboga por la bajada drástica de impuestos, ataca el Estado de Bienestar y niega la necesidad de la redistribución de la riqueza. Además de esto, defienden, a diferencia de los partidos puramente neoliberales, el aumento y la presencia de la policía en la vida cotidiana así como la expulsión de los inmigrantes y la intervención del Estado para proteger los mercados nacionales.

A la altura del año 2004, Rodríguez Jiménez aseguraba que la extrema derecha española estaba hundida y nada auguraba una recuperación a medio plazo. Su fracaso a la hora de derribar el recién nacido régimen democrático anuló toda su credibilidad, dejando a su militancia y simpatizantes desmoralizados. De 1982 a 2004, estas formaciones nunca han llegado a obtener el 1% de los votos. Aparte del desplome de apoyos por el fiasco del golpe de 1981, la relación estrecha de muchos de sus dirigentes con la dictadura franquista, la nostalgia más o menos abierta hacia los regímenes de corte fascista y la falta de un líder con capacidad para aglutinar las distintas tendencias ultraderechistas, puede explicar esta situación, cuyo inicio, por cierto, podríamos situarlo en 1982, con la disolución de Fuerza Nueva. Este hecho coincide con la primera victoria del PSOE por mayoría absoluta. Coincido con Rodríguez Jiménez en señalar la prolongada presencia socialista en el Gobierno de España como un factor que entorpeció los planes ultras: un Partido Socialista poderoso determinó que tan sólo una fuerza política concreta, el Partido Popular, pudiera constituir una alternativa real de gobierno, por lo que más de un nostálgico neofranquista ha otorgado su voto al único partido que puede “echar” al centro-izquierda del poder, al cual consideran el enemigo “rojo” de antaño.

El Partido Popular, por su parte, no ha dejado de colmar algunas de las expectativas de los sectores más conservadores e incluso reaccionarios de la sociedad española, lo que explicaría, sin duda, el porqué del escoramiento a la derecha de los populares en relación con otros partidos hermanos de la Unión Europea. Ha sido la labor del PSOE e IU con todas sus luces y sombras, lo que ha evitado la fuga de votos de la clase trabajadora a la “nueva” extrema derecha. Pese a esto, la capitalización por parte de las organizaciones encuadradas en esta etiqueta de los problemas de convivencia puntuales entre extranjeros de rasgos físicos no europeos y autóctonos puede suponer una amenaza; de la misma manera, la renuncia de la socialdemocracia a algunos de sus postulados más importantes, aunque sin alcanzar la situación actual en los países occidentales de la Unión, puede dar lugar a pensar que la situación política del resto de Europa, por lo que se refiere a estos aspectos, puede ser exportable a España.