Cerveza y vino: polític@s, nacionalismo e historia
En la madrugada de ayer, Angela Merkel, Lech Kadczynski y Dimitri Medvédev acudieron a un acto conmemorativo del septuagésimo aniversario del comienzo de la Segunda Guerra Mundial. A las cinco menos cuarto de la noche del 1 al 2 de septiembre las tropas del Ejército alemán cruzaban la frontera con Polonia. Momentos antes, el Schleswig Holstein, buque de guerra de la Alemania hitleriana, había comenzado a bombardear posiciones polacas situadas en la Península de Westerplatte, cerca de Gdansk, por aquellos días Danzig, lugar donde ayer tuvo lugar la ceremonia a la que acabamos de referirnos. Lo que habría de ser un acto de concordia, organizado con el fin de estrechar los lazos entre países que en su día fueron enemigos, no sirvió más que para demostrar que aún continúan las rencillas y que nadie parece dispuesto a asumir su parte de culpa salvo por lo que se refiere a Alemania y, sobre todo, para, en medio de, a mi entender, peligrosos malabarismos anacrónicos, relacionar lo sucedido entre 1934 y 1939 con las fricciones fronterizas actuales que afectan a Polonia y Rusia y en la que el mundo occidental con Estados Unidos a la cabeza tiene mucho que decir.
Si mandatarios y ciertos altos funcionarios pueden tergiversar sucesos pasados consciente o inconscientemente, resulta sorprendente cómo una parte de la opinión pública asume como ciertas secuencias de sucesos y una casuística que, a la luz de investigaciones actuales, parecen haber quedado, en el mejor de los casos como medias verdades. Aprovechando el triste recordatorio del estallido del mayor conflicto bélico que jamás haya sufrido la Humanidad, Alemania o la canciller Merkel en su nombre ha recordado y pedido perdón a las víctimas judías del Holocausto. Insisto, sólo a las víctimas judías, según la prensa, emulando a Willy Brandt o Gerard Schröeder. No es lo mismo. Si el gesto de Merkel es loable el de Brandt es pasmoso, sorprendente y agradablemente inesperado si se sitúa en su contexto original. Brandt fue el primer canciller que viajó al otro lado del Telón de Acero en favor de la distensión entre los bloques y por la coexistencia pacífica, sin mencionar que fue el primer mandatario germano que tuvo semejante gesto después de concluida la Segunda Guerra Mundial. No se recordó a las personas de etnia gitana asesinadas a tiros en los campos y en plena calle ni a los cientos de miles de personas enviadas a campos de concentración por su orientación sexual, teniendo en cuenta que la homosexualidad siguió estando incluida en el Código Penal de la República de Alemania ¡hasta 1969!.
Tampoco comparto la virulencia de las críticas de Katczynski, que parecen cebarse únicamente con Rusia. En favor de esto, se podría argumentar que, al fin y al cabo, Alemania condenó el nazismo y lo anatemizó como ideología mientras que la Rusia actual no ha hecho lo mismo con respecto a Stalin y su régimen. Polonia fue dividida y destruída como estado de facto al ser utilizada como campo de batalla entre dos potencias que representaban dos de las tres ideologías hegemónicas de la Europa del momento: fascismo y comunismo. No llego a comprender cómo un mandatario que supuestamente tan bien conoce la historia contemporánea de su país y pese a sentirse amenazado por su vecino del Este puede estar tan dispuesto a colocarse en el ojo del huracán, justo en medio de las disputas por las áreas de influencia entre dos potencias como son Estados Unidos y Rusia. La experiencia demuestra que el respaldo de una gran potencia puede ser retirado de la noche a la mañana persistiendo tan sólo la sombra del gigantesco vecino oriental planeando sobre sus cabezas. Lo que no mencionó Katczynski fue que, escudada en el pacto de no-agresión firmado por Polonia con Alemania un año después de la subida de Hitler al poder, en 1934, Polonia se anexionó Zaolzie, por aquel entonces territorio checoslovaco, aprovechando que Hitler había invadido los Sudetes en 1938 con la permisividad de Francia y Gran Bretaña. El mandatario polaco criticó con energía el asesinato en masa de 20.000 oficiales del Ejército de Polonia cuando la URSS invadió la zona Este del país aprovechando la incursión alemana y en virtud del tratado Molotov-Ribbentrop, pero, curiosamente, no dijo una palabra sobre el asesinato, también calculado y sistemático aunque con un número de víctimas inferior, de oficiales polacos que habían sido hechos prisioneros en el área ocupada por los nazis.
Lo de Rusia es, como se suele decir, para echar de comer aparte. Sin embargo, el puritanismo histórico y las exigencias de disculpa a las potencias que tradicionalmente no caen bien se dejan aparcadas cuando se trata de dinero y extensión de influencia, en este caso no política sino económica. Al parecer, las voces que pedían, pronosticaban e, incluso, sugerían la incorporación paulatina de la Federación Rusa a la Unión Europea, se han acallado considerablemente con el agravamiento de las tensiones del gigante euroasiático con Norteamérica y Europa occidental. Pero conviene no olvidar que dichas voces se levantaban cuando en Rusia surgía en la opinión pública una resurrección de la admiración por Stalin ysu régimen que a fecha de hoy perdura. La recuperación de Rusia como potencia, su presencia cada vez mayor en el escenario mundial y la consecuente explosión de orgullo nacionalista la han hecho susceptible además de impermeable a la crítica, aunque ésta sea constructiva. A lo hecho, pecho; el pasado ruso es intachable aunque se hable del mismo en un régimen político distinto y opuesto tan sólo porque es nuestro y las críticas parten de ellos, parecen aseverar los dirigentes y buena parte de la opinión pública de ese país. Todo ello ha llevado a acallar los crímenes cometidos en la era Stalin y los excesos imperialistas de la Unión Soviética -que también los hubo, aunque para algunos comunismo soviético e imperialismo nunca puedan ir juntos- en los manuales de enseñanza que se comprarán para este cursos en Rusia. Y es que, si es malo hacer un revisionismo sesgado y excesivamente interesado del pasado, es infinitamente peor no hacerlo, sujetarlo y amordazarlo.
No estoy de acuerdo con lo afirmado por Vladimir Putin hace unos días en un balneario polaco cuando afirmaba que “la historia había que dejarla a los historiadores”. En primer lugar, porque la historia no es un ente, sino una disciplina que puede ser empobrecida y utilizada para embrutecer y enzarzar a naciones e individuos o bien puede ser nutrida con laboriosidad e investigación para iluminar y servir al conocimiento y al acortamiento de las distancias entre quienes formamos parte de la especie humana. Creo que de la investigación se ha de hacer partícipe a la sociedad, a la ciudadanía y no sólo a la minúscula comunidad científica de los historiadores. En lo que desde luego estoy de acuerdo, en suma, es que lo sucedido en Gdansk entre hoy y ayer fue una mala combinación de nacionalismo exaltado, historia y politiqueo de la que pueden resultar mareos, malestar estomacal y dolor de cabeza por un tiempo después. Algo parecido a lo que resulta de la combinación de cerveza y vino.
david 12:07 on 3 Septiembre 2009 Enlace permanente
es verad que Alemania ha hecho algún reconocimiento o algún mea culpa por la segunda guerra mundial???
es que creo haber leído algo,pero no estoy muy seguro,creo que ha sido Angela Merkel la que se ha pronunciado al respecto.
Alguien puede aclararmelo???
gracias
Joaquín Pi 14:26 on 3 Septiembre 2009 Enlace permanente
Sí, por supuesto que Alemania ha reconocido su parte de culpa como Estado en la Segunda Guerra Mundial. Según tengo entendido aún hoy otorga ayudas económicas a Israel y el nazismo como ideología, con todo lo que implica, está formalmente condenada, de hecho, actitudes como el revisionismo histórico respecto al Holocausto o la exhibición se simbología nazi son delitos -que no faltas- tipificados en el Código Penal.
Diplomáticamente, Alemania pidió formalmente perdón por las víctimas del Holocausto por mediación de Willy Brandt que, siendo canciller, viajó por primera vez al Este para arrodillarse ante el monumento a las víctimas del ghetto de Varsovia, donde residía población judía aniquilada por los nazis a conciencia cuando trataron de levantarse contra el invasor alemán.
Ese gesto sentó un precedente y otros cancilleres, como la propia Angela Merkel, se han disculpado de manera “oficial” en otros actos celebrados en ocasiones similares.
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